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A las 3.47

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Autor:
larubia
Fecha de subida:
10-06-2009
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Lisbeth se despertó con las manos ensangrentadas. El sabor metálico en su boca, como a herrumbre, le hizo pensar que algo había pasado. Estaba tendida en una angosta calle de la maldita Hedeby. No había nadie. Sólo su cuerpo semidesnudo. Al lado, un punzón. Y un reguero de sangre todavía fresca que se extinguía en la oscuridad; que no conducía a ninguna parte. Estaba confusa. No obstante, cogió el punzón, lo guardó en su bolso y continúo vagando por la noche no sin antes disipar de su rostro todo signo de batalla. Escupió en sus manos y se lavó como si fuera un gato. Primero las manos. Luego la cara. Acabada la ocultación de pruebas continúo titubeante hacia la luz. Su casa no estaba lejos. Eran las 3.47 de la madrugada. Quizá lo mejor, pensó, era llegar, pegarse una ducha y regresar al lugar con la primera luz del alba, cuando nadie hubiera podido perturbar el escenario del suceso para analizar si todavía quedaba algún rastro de la trama.

 

A Lisbeth no le habían arrebatado los pantalones. Además no sentía dolor en el coño por lo que la agresión sexual quedaba descartada. Quizá, y eso no lo eliminaba, algún salido cabrón la había amenazado con el punzón para que se la chupase. Y ella, en un ataque de ira y haciendo caso omiso a los deseos del asaltante, mordiera su pene sin piedad. De ahí la sangre de la boca. Sí, esa podía ser una explicación. De su bolso no faltaba nada. Al menos nada que ella recordará en mitad de ese caos ordenado, en ese nido de papeles que se distribuían entre tabaco, varios mecheros, dos pares de llaves de casa y un monedero sin pinta de monedero. Lo único que hacía perder fuerza a esta hipótesis era que sus manos también estaban llenas de heridas. No obstante, en cualquier duelo, se dijo, las manos serían lo primero que acabaría lleno de sangre. “Seguro que intenté arrebatarle el arma y clavársela en la polla. Al final fue él el que acabó rasguñándome”, concluyó.

 

Con esos pensamientos, Lisbeth llegó a casa, metió un juego de llaves en la cerradura y entró. Fue al baño, se quitó la ropa y se duchó. A pesar de lo extraño del suceso no volvió a pensar en él. Puso el despertador a las siete, se tumbó en el sofá, encendió un pitillo y cuando éste se extinguió, cerró los ojos y se quedó dormida. Esa noche no tuvo ni un sueño. Al menos no recordó ninguno. Al despertar se puso unos vaqueros y una camiseta y enfiló la mañana sin preocupaciones, pero con el objetivo de resolver el enigma. No tenía mucho tiempo, a las diez había quedado con Mikael. Al llegar a la angosta calle se puso a husmear, a buscar pistas. Poco después se despertó con las manos ensangrentadas. Con sabor a herrumbre, un aroma metálico entre los dientes. Agarrando con fuerza el punzón. Su cuerpo semidesnudo. Nadie más. Eran las 3.48.


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